Diaz de Miranda

1. En la oración, cada día buscamos a Dios que nos estima, nos queremos identificar con la razón más profunda de su amor, aquello que realmente hay dentro de su corazón. En el silencio contemplativo, ahora que lo hemos escuchado, dejamos que su Palabra resuene también dentro de nuestro corazón y, de corazón a corazón, del Corazón de Jesús a nuestro corazón, pedirle que nuestro corazón deje de ser un corazón de piedra para convertirse en un corazón de carne, hecho todo él de ternura y de amor misericordioso, orientado totalmente a amar siempre, sin interrupción ni infidelidad. A todos, y especialmente a nosotros los pastores, nos quiere así, «según su corazón» (cf. Jr 3,15).

2. En la oración no buscamos tener la razón, sino que sea Dios quien la tenga. En la oración como en la vida, no buscamos que se impongan nuestros criterios, sino que sea su Palabra iluminando nuestra vida quien nos los dé. Esta Palabra es Jesús, Camino, Verdad y Vida. Aunque hemos leído que «nunca nadie ha podido contemplar Dios», san Juan hoy nos ha dicho muy claro y es fuente de gozo y de consuelo que «si nos amamos, Dios está en nosotros , y dentro de nosotros su amor es tan grande que ya no falta nada» (2ª lectura).

3. Esta es la intimidad de Dios a la que podemos acceder desde la fe y buscando las raíces del amor con que Dios nos ama. Este Dios que, a lo largo de toda la historia de la salvación, ha hablado a los hombres y mujeres como amigos (cf. Vaticano II, DV 1). Este Dios de quien en la primera lectura del Deuteronomio hemos podido escuchar que si se ha enamorado de su pueblo y lo ha escogido, les dice que «no lo ha hecho porque fuera un pueblo más numeroso que los otros, cuando de hecho es el más pequeño de todos, sino porque lo ama y quiere serle fiel» (1ª lectura).

Como podemos ver, Dios no queda corto en ternura, en misericordia. Su corazón está traspasado de amor y se acercará a liberar a su pueblo de la opresión injusta cuando su clamor de sufrimiento le llega al corazón. Todo el Antiguo Testamento se hace eco y ya nos muestra desde el comienzo cuales son las preferencias de Dios. Había enseñado a Israel a andar y éste se le había escapado para entenderse con otros atractivos aparentemente más potentes y sugestivos. Se comportaba como la oveja presuntamente avispada, que siempre va a lo suyo hasta que un día se encuentra muy enredada dentro de una zarza. Y es, justamente dentro de la zarza, -dentro de tantas zarzas enredadoras de la vida- que el hombre encuentra a Dios que lo busca, porque se ha vuelto humilde y lo ha buscado con sinceridad, Dios que lo acoge, que lo ama y que incluso, como el buen pastor con la oveja perdida, se lo carga al cuello para llevarlo a nuevos y buenos pastos. Rogar con el Antiguo Testamento en la mano y con esta clave de lectura, es hacer el descubrimiento de un amor «primerizo» y que es totalmente gratuito, el amor del cual se tiene la plena convicción que es siempre iniciativa de Dios.

4. Lo podemos entender y mucho más vivir porque Dios no se ha escondido. Dios tiene un rostro humano en la persona de Jesucristo y a él lo encontramos con todos aquellos hombres y mujeres que lo representan encallados en los desiertos de la vida. Con el papa Francisco podemos hacer esta plegaria: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame nuevamente, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores» (EG 3).

5. En la Iglesia nos tenemos que poner en camino como Cristo, hacernos discípulos suyos y misioneros que han captado la necesidad y la urgencia de la misión hoy, en el corazón de nuestra sociedad. El rostro de Dios, que en Jesús hoy se nos manifiesta a corazón abierto, nos dice «venir a mí todos los que estáis cansados y agobiados; yo os haré descansar…, haceos discípulos míos, que yo soy benévolo y humilde de corazón». Se trata de decidirnos. Para ir hacia él, para entenderlo no hay otro camino que aquella sencillez de corazón que nos haga disponibles a hacer realidad en nuestro tiempo su misma entrega. Nos dice el papa Francisco que «todos somos llamados a ofrecer a los otros el testigo explícito del amor salvífico del Señor, que más allá de nuestras imperfecciones nos ofrece su proximidad, su Palabra, su fuerza, y le da un sentido a nuestra vida. Tu corazón sabe que no es lo mismo la vida sin Él; entonces esto que has descubierto, esto que te ayuda a vivir y que te da una esperanza, esto es el que necesitas comunicar en los otros» (EG 121).

6. Celebrando la Eucaristía, máxima manifestación del amor de Dios, tenemos que tener claro que la «mística» de este sacramento tiene un carácter social. «El programa del cristiano, el programa del buen Samaria, el programa de Jesús es un corazón que ve. Este corazón ve donde se necesita amor y actúa en consecuencia». Si queremos ser auténticos discípulos misioneros de Cristo y contemplando el corazón de Jesús, su opción más radical y profunda de amor, dejemos que nuestro corazón respire, aliente, lata siempre al ritmo del Corazón de Jesús.

Barcelona, 27 de junio de 2014