Diaz de Miranda

El evangelio de san Marcos narra que muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé fueron al sepulcro a embalsamar el cuerpo yaciente de Jesús. Por el camino se preguntaban quién les movería la piedra de la entrada. Estaban totalmente convencidas de que encontrarían allí el cadáver del Maestro. Después de lo vivido a los pies de la cruz, caminaban llenas de un dolor y una tristeza infinitos; sabían que todo lo sucedido era el final de una maravillosa y luminosa experiencia al lado del Maestro; ese hombre que no hablaba como los demás y que actuaba con un poder desconocido, capaz de resucitar a Lázaro, de abrir los ojos a los ciegos, de hacer caminar a los paralíticos, de perdonar los pecados, de compartir mesa con los pecadores, de ser amigo de mujeres y dejarse acompañar por ellas sin temor a lo que pensaran o dijeran de ello; ese hombre que en su enseñanza proponía la liberación del yugo de la Ley, siempre y cuando ésta negara la “vida” menoscabando la dignidad humana; ese hombre que rompió con las categorías humanas de lo puro y lo impuro, del orden social, invitando a los “grandes” y “poderosos” a convertirse en “esclavos” y “servidores”.

Todo había acabado. Sobre estas tres mujeres, sobre cada una de ellas, caía la desolación como una tupida neblina que lo oscurecía todo, cegando la esperanza. Horas antes habían visto morir a Jesús en la cruz y ahora iban al sepulcro a cumplir con sus costumbres. Siguiendo el relato de san Lucas, cuando vieron que el sepulcro estaba vacío, no sospecharon ni por lo más remoto que se pudiera haber cumplido lo que el mismo Jesús predijo sobre su resurrección. María Magdalena, nos dice el evangelio de san Juan, pensando que habían robado el cuerpo del Maestro, se sentó a llorar fuera del sepulcro y, cuando Jesús se le apareció, lo confundió con el jardinero. ¿Nos imaginamos las escenas? No se produce, ni por asomo, la más mínima sospecha de otra cosa que no sea el hurto del cuerpo de Jesús.
Esta misma experiencia es la que nos invade cotidianamente a cada una y cada uno de nosotros. Los misterios de la Pascua, la experiencia del Resucitado parecen alejarse de nuestra clave interpretativa de la vida. Ante los acontecimientos diarios, sean personales, sociales o mundiales, reaccionamos como María y Salomé, como Juan y Pedro y Tomás…. Las catástrofes naturales, las guerras, los accidentes, los atentados, las enfermedades, la falta de recursos de tantos seres humanos… los leemos desde la óptica de hombres y mujeres que se sienten impotentes ante la fuerza destructiva del Mal.

El Apóstol, sin embargo, nos recuerda que, si Cristo no resucitó, vana es nuestra esperanza. ¿Pero, por qué? Veamos. Frente a la muerte de Jesús, expresada como el misterio de un amor que nace donde se manifiesta el Mal, la resurrección es la victoria definitiva del Amor sobre el Mal. En la resurrección de Jesucristo recibimos la respuesta definitiva a nuestros interrogantes y dudas: no ha sido la muerte, sino la vida, la última palabra que Dios ha pronunciado sobre nuestro destino humano. Para nosotros, los cristianos, ya no hay utopía, sino “topía”, porque la resurrección es la posibilidad de transfiguración y actualización total y global de las posibilidades del mundo presente, de que la vida eterna venga a transformar la vida humana y de que Dios pueda hacer realidad su Reino definitiva y plenamente. La resurrección es el Amor que vence a la Muerte y transforma el Mal.

Ante quienes aseguran que la resurrección de Jesús es un invento de los cristianos, reconocemos que la resurrección no es un hecho directamente histórico. Nadie la vio. Sin embargo, es un hecho indirectamente histórico, porque los apóstoles, reflexionando sobre el sepulcro vacío y ante las apariciones de Jesús vivo, llegaron al convencimiento de que “Dios lo resucitó entre los muertos” (Hch 3,15; 4,10). El hecho decisivo para la fe en la resurrección lo constituyen las apariciones interpretadas en el marco apocalíptico (elevación-glorificación del justo de Dios) y de la escatología (una acción de Dios que transfigura el Crucificado en la vida nueva). La resurrección no es un producto de la fe de la comunidad primitiva, sino ese testimonio del impacto que recibieron los primeros testigos y los apóstoles en virtud de las apariciones del Señor vivo, tal como entrevemos en las fórmulas de fe de I Cor 15 y de Hch 2-5.  En este sentido, el testimonio de san Pablo es impresionante: la aparición que vivió en el camino de Damasco cambió su vida; desde ese momento el encuentro con Cristo resucitado es el que fundamenta y legitima su ministerio apostólico.

Durante los tiempos post-apostólicos, la fe en la resurrección se basa en la predicación y en los sacramentos de la Iglesia, que atestiguan y hacen presente y visible a Cristo resucitado. La Iglesia primitiva recibe y transmite este testimonio de fe, que expresa a través de los himnos, las fórmulas de fe, las fórmulas kerigmáticas y narrativas. Estos testimonios tienen tres elementos fundamentales: “se apareció”, “según las escrituras” y “al tercer día”. La Iglesia, al proclamar la resurrección, anuncia también su significado para nosotros como esperanza de vida futura (I Pe 1,39), como liberación total del pecado (I Cor 15,3.17; Rom 4,25; Lc 24,47; Hch 10,43). La resurrección, pues, es la realización en la existencia del mensaje de liberación global que Jesús proclamó y prometió. Es la nueva humanidad, el nuevo Adán “en que todos somos vivificados” (I Cor 15, 22).

En cuanto a nosotros, a menudo nos preguntamos cómo resucitaremos: ¿en espíritu?, ¿con nuestro cuerpo? En los textos neotestamentarios vemos que la resurrección se expresó en las categorías semíticas de carne-cuerpo-espíritu, y no en las griegas de cuerpo y carne. “El cuerpo espíritu resucitado” de Pablo significa que la personalidad humana, a partir de la resurrección, es total apertura de comunicación con Dios, con los demás y con el mundo. El “cuerpo carne” sometido al pecado por medio de la resurrección es totalmente liberado y convertido en cuerpo espíritu. La verdadera liberación no consiste en el abandono del cuerpo. La expresión de Pablo quiere decir que, gracias a la resurrección, el hombre entero ha quedado radicalmente lleno de la realidad divina y liberado de sus alienaciones. El hombre no ha abandonado su estatus antropológico, sino que ha sido totalmente liberado y penetrado por la realidad divina. La resurrección se define, entonces, como la escatologización de la realidad humana, en cuanto totalidad cuerpo-alma en el Reino de Dios.

Frente a otras ideas de la resurrección, como las budistas o hinduistas, nuestra fe habla de una salvación del hombre entero —el cuerpo y el alma—, de la comunidad humana —no de individuos asilados—, y de la entera realidad: a una humanidad resucitada, corresponde un mundo transfigurado.
Ante nuestro asombro resuena la misma pregunta que oyen las tres mujeres cuando entran al sepulcro y ven que está vacío: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? (Lc 24,5).