Diaz de Miranda

La pintura, sobre muro, de la segunda parte del XII, fue expoliada en 1919, arrancándose para ser expuesta, desde 1923, en el Museo de Arte de Boston. La iglesia donde estaba pertenece al conjunto del castillo de Mur, en un alto, muy cerca de Tremp, y formaba parte de una línea defensiva del territorio, durante la Reconquista.

El ábside está orientado hacia el Este y es la base de la obra. El conjunto presenta el Todopoderoso del Apocalipsis, motivo muy común en los ábsides románicos: Alguien que parecía un hijo de hombre, vestido con una túnica hasta los pies (…), sus ojos eran como una llama. (…) En la mano derecha tenía siete estrellas. Su cara era como el sol cuando resplandece con toda su fuerza (Ap. cf. 1,12-16). Hay tres partes, de arriba abajo, sobre un fondo blanco: (1) el cuarto de esfera, y el medio cilindro, con (2) las ventanas y (3) el espacio más abajo de éstas. Arriba, sobre el cuarto de esfera, está el Todopoderoso sentado, en posición de autoridad, y glorioso, con los pies sobre un escabel, en el interior de una forma que resulta de cruzar dos círculos, como una almendra (mandorla, en italiano); la representación se da con las convenciones y estilizaciones propias del Románico, en los trazos y colores.

Está bendiciendo con la diestra y muestra un libro abierto con la izquierda, en el que pone: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie (no puede llegar) al Padre si no es por mi (Jn. 14,6). Lleva una aureola con la cruz; viste una túnica rosada y, por encima, un manto azul muy adornado, puede que rociado de sangre, como dice el Apocalipsis (14,6). Esta combinación de colores, del rojo, azul y blanco, es la dominante en el conjunto de la pintura; azul y rojo es la que Dios se reserva para Él en el libro del Éxodo (26,31); también puede hacer referencia a su doble naturaleza, humano (rojo de la sangre) y divina (azul del cielo). Nos mira de cara: Los hombres buenos lo verán cara a cara (Ps. 1,7), manifestando que se ha revelado del todo, lo que no pasó en el Sinaí: Mi cara, ninguno puede verla (Ex. 33,23); aquí Dios es muy cercano: Ellos serán su pueblo y su pueblo será “Dios que es con ellos” (Ap. 21,3). A los lados de la cabeza están las letras primera (alfa mayúscula) y última (omega [?] minúscula) del alfabeto griego: Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin (Ap. 22,13), manifestando que es el Señor de la Historia. Todo el espacio libre donde está lo llenan doce estrellas titilantes, también citadas por el Apocalipsis, en número de siete en la parte de la mano derecha (Ap. 1,16, aquí el doce podría ser una referencia a las doce tribus del nuevo Israel, los Apóstoles, la Iglesia). El marco de la mandorla es como un arco iris: El trono estaba rodeado por un círculo de luz que brillaba como la esmeralda (Ap. 4,3); está hecho con líneas de muchos colores, lisas en la parte interior, rizadas fuera, dándose así viveza a esa forma. El Todopoderoso pone la mano que bendice por encima de esta cenefa hasta llegar a una franja negra, rompiéndola y expresando que es vencedor de la muerte: No existirá más la muerte (Ap. 21,4). En la parte exterior, con más estrellas, porque es el Cielo, están los símbolos de los Cuatro Evangelios, que forman también parte del séquito del Todopoderoso, en el Apocalipsis: el Hombre, el León, el Ternero y el Águila (4,7-8), llevando cada uno el libro de su Evangelio.; están sobre unas alineaciones, formando olas, que a su vez limitan la parte baja del cuarto de esfera; esto figura el mar de cristal que rodea al Todopoderoso: Por tierra se extendía como un mar de vidrio parecido al hielo (Ap. 4,6). Aún, a los lados, en la parte más baja de la mandorla hay siete lámparas, como incensarios, colgando de cadenas, una muy estropeada, son las siete Iglesias del Apocalipsis: Los siete lampadarios son las siete iglesias (Ap. 1,20). hay una franja, formando como unas olas muy dinámicas y estilizadas, de tonos rojo y azul, que separa del medio cilindro, indicando el límite entre el ámbito divino y el de las criaturas, Cielo y Tierra, o, quizás, el hilo del tiempo, bajo sus pies.

Más abajo, en el medio cilindro, hay tres ventanas, por las que llega el primer sol, la Luz de la Mañana de Pascua, con todo su esplendor (Ap. 1,16), símbolo de Cristo resucitado: Yo soy (…) la estrella luciente de la mañana (Ap. 22,16). Están los Apóstoles, de pie, en grupos, y haciendo figura de la Iglesia, la multitud de los Santos, unida a Su Señor resucitado y triunfante: Vi que había una multitud tan grande que nadie la podría contar. Eran gente de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas (Ap. 7,9). En las vertientes de las ventanas hay figuras, posiblemente presentando la historia de Caín y Abel (Gen. 4,1-16). Más abajo, cerca de nosotros, separado por otra franja, más simple, hay otras escenas, mal conservadas, que hacen referencia a la infancia de Jesús, el Dios encarnado que se ha hecho uno de los nuestros, a nuestra altura, manifestando su humillación (Fl. 2,6 y ss.)